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Oda para Kurt

Satán salva al niño rubio que viste crecer en el centro de un cobertizo, entre paredes silenciadas con cartón a razón del estrépito surgido entre sus manos y la electricidad de su guitarra. Esa guitarra y ese rubio ejecutor de violentos acordes que siempre deseaste a tus órdenes y para tus propios placeres.

Satán recuerda que ese niño amaba las vibraciones de sus cuerdas vocales, no lo dejes perderse en su enamoramiento legendario por la locura, famélica y oxigenada, que sólo sabe tensar los labios por el grito y cuya insolente denominación sólo da para llamarle teenage whore. Sabemos que en vida la  hizo su esposa con ese apellido LOVE que su relación ironizó.

Satán no olvides que dentro de sus verdes ojos presenciaste, junto con todos nosotros, cómo el mundo cabe en un micrófono seducido por sus ideas y aullido de niño loco. Convulsiones de punkrock hacían brotar de sus labios: un grunge que predecía la devoción del público por su cabello aveces solferino, y una generación de fanáticos que desbordarían estadios.

Satán perdona a sus amigos, Grohl y Novoselic, quienes no entendieron los estertores abdominales de su vocalista. Permite que se reúnan para un concierto en tus dominios y se revivan los días en que juntos compartían el NIRVANA.

Satán redime a Cobain, mi rubio enloquecido, cuya memoria no cabe en una caja con forma de corazón. Desde aquella canción dónde sólo desea retornar al útero, hasta encontrar su final en la mira del cañón de una escopeta.

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